Por Juan Pablo Plata.
Hay quien dice: “Conviene a los felices permanecer en casa´´ ( Título de una novela del escritor colombiano Andrés Hoyos), pero siempre estamos yendo por ahí, en el viaje vital, en La Odisea. Algunos, además de andar, hacen memoria escrita de su recorrido; escriben diarios de su éxodo definitivo, forzado o deseado, en éste el único lugar en que hemos estado a diferencia de unos cuantos astronautas: La Tierra.
Transcribir la experiencia de ir y volver o sólo partir sin regresar hacia algún lugar, eso es literatura de viajes. De los primeros que viajó y contó cómo le fue está Pausanias, el geógrafo, por Grecia y el Mar Mediterráneo, más adelante anduvieron Heródoto por África en el siglo V antes de Cristo, las circunnavegaciones de Marco Polo por China y los relatos delDiario de abordo de Cristóbal Colón eHistoria verdadera de la conquista de la Nueva Españade Bernal Díaz del Castillo. Después Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland en el siglo XIX recorrieron Sudamérica describiendo en detalle y con interés científico: la geografía, la fauna y la flora. Antecedió a Humboldt la expedición botánica de José Celestino Mutis, antepasado esclarecido del poeta colombiano Álvaro Mutis.
Los inventarios de los colonizadores como Hernán Cortes en México o Francisco Pizarro en Perú y los miles de versos de La Araucana de Alonso de Ercilla, son de los primeros datos escritos de viaje sobre Chile, México y el imperio Inca. Tierras de gauchos, indígenas, ardua minería y salitre. Recientes escritores de literatura de viaje de las rutas de América son: Martín Caparrós, argentino que transitó los pasos del colono Cortés en Crónicas mexicanasy el lado íntimo de su país en El interior; el brasilero Ruy Castro en Río de Janeiro: carnaval de fuego informa sobre restaurantes, museos y demás atracciones que ofrece la ciudad pero lo hace mientras rememora anécdotas como la propuesta fallida, hace unos años, de correr el carnaval para el fresco mes junio, el disparate de un vizconde que quiso demoler Pan de Azúcar, hito de la bahía de Guanabara, el extravío de la esposa del mujeriego Porfirio Rubirosa en una pista de baile. Castro habla con igual suficiencia del mundo de las favelas como de los salones cariocas de La Belle Époque (1871-1913).
Así, la mutación de la imagen de Latinoamérica la están haciendo sus escritores nativos, después de ser un subcontinente nuevo representado por las palabras de los extranjeros. Se puede afirmar sin exagerar que recién ha iniciado la temporada para que los americanos comenten territorios sin el afán de ir por El Dorado o el elixir de la eterna juventud. Daniel Titinger y Julio Villanueva Chang, ambos cronistas, han dirigido la revista Etiqueta Negra, que al igual que Soho, Travesías y Gatopardo ha abierto sus páginas a la crónica y la literatura de viajes del todavía nuevo continente en las firmas de escritores como Alberto Salcedo Ramos y Cristian Valencia – algunos de sus textos recopilados enHay días en que amanezco muerto-, con recuentos sobre marinos quebrados, conductores de camiones de tres ejes y el afamado librero Luis Humberto Soriano, –Biblioburro- del caribe colombiano, que viaja con un burro con anaqueles llenos de libros a sus costados, para ser prestados en su ruta a niños y jóvenes de escasos recursos. Estos son escritores que inventan las tierras hispanoamericanas sin realismo mágico, sin monstruos ni animales fantásticos, pero con gran interés en las ciudades y en las rutas que no aparecen en las guías turísticas.
En sellos con colecciones de literatura de viajes se destacan Minúscula con el título insigneMéxico de Emilio Cecchini-el autor revisita el país para verificar los cambios y destrozos que hacen el tiempo y los hombres al espacio manito-, la editorial Pretextos en su colección Cosmópolis tiene a Stephan Hertmans con Ciudades -recorrido por ciudades europeas mientras se siguen los pasos de escritores, al estilo de National Geographic con el libroNovel destinations, en que se va desde el baño de Jane Austen al Key West de Hemingway. Otros sellos son Ediciones B, Océano, Península-Atalaya. En libros de viajes con toques de ficción o patinados por la irrealidad están: Hilarie Belloc con El camino de Roma, recorrido a pie entre Lorena, Francia y Roma, Italia; Selma Lagerloff con El maravilloso viaje de Niels Holgerson, un diario de viaje por Suecia contado por un niño montando en la espalda de un cisne. (Gracias por esta referencia al escritor Ricardo Abdahllah) Casos destacados son el novelista John Steinbeck en Viajes con Charley, donde narra el tránsito transversal por Estados Unidos en compañía de un poodle. Bruce Chatwin, inmerso en el sur de Chile en una investigación sobre una piel de animal arcaica tal como quedó consignado En Patagonia, es inolvidable. Ahora, un recorrido que siguió en parte las huellas y los propósitos de Humboldt en el Amazonas es El río de Wade Davis, con repasos de las exploraciones de Richard Spruce y Richard Evans Schultes, que por intensidad y riesgo en la realización recuerda los sucesos de El peor viaje del mundo de George Cherry-Garrard, en el Polo Antártico.
La atención de la literatura de viajes en nuestro tiempo ha cambiado, pues antes era el resultado de la minuta de un soldado, un negociante, o un científico. Desde el siglo XX, más o menos, es que ha surgido el viaje justificado por la sencilla razón de escribir sobre el viaje sin tener otra tarea adjunta. Todos los autores citados arriba hacen literatura de viajes, pero cualquiera que vaya afuera de su casa y escriba sobre su agenda cotidiana en una libreta o en una lista de mercado, hace sin saberlo literatura de viajes. Y si antes la literatura sobre la marcha humana era hasta cierta extensión el inventario de las riquezas que debían ir a explotar los imperios y las naciones nacientes, qué cosa es ir hoy a una licorera o a un supermercado donde hay bienes y abalorios o hacia un bar o un barrio nunca antes visitado en pos de un amor, unos cigarrillos o compras de sibarita.
Los propósitos de la literatura de viajes antes eran comerciales y utilitaristas, pero el placer de viajar ahora por América no es el deleite de viajar a donde nunca se ha ido y contar cómo es a otros, ahora un libro de viajes funciona como una advertencia de los peligros y encantos que un espacio sobre La Tierra puede ofrecer.
![writersnoonereads:
With only three books in print in English translation, it seems no one reads Juan Jose Saer (1937-2005). Believed by many to be the greatest Argentine novelist of the 20th century, Saer’s work, like his more well-known contemporaries Cesar Aira and Roberto Bolano, toys with the limits of genre, ultimately expanding our sense of what a novel can be. Befitting a novelist whose work straddled so many genres, Saer’s voice ranges from the lyrical to the hard-boiled.
Proof of his voluptuous lyricism is evident in the following passage from his novel of cultural dislocation and cannibalism, The Witness (trans. by Margaret Jull Costa, who has translated Saramago and Javier Marias):
Amongst so many strange things: the predictable sun, the countless stars, the trees that resolutely put on the same green splendor each time their season mysteriously comes round, the river that ebbs and flows, the shimmering yellow sand and summer air, the pulsating body which is born, grows old and dies, all the vast distances and the passing days, enigmas which we all in our innocence believe to be familiar, amongst all these presences that seem oblivious to ours, it is understandable that one day, in the face of the inexplicable, we experience the unpleasant feeling that we are just voyagers through a phantasmagoria…. But, despite its intensity, that feeling, which we all have sometimes, does not last and does not go deep enough to unsettle our lives. One day, when we least expect it, it suddenly overwhelms us. For a few moments familiar objects are totally alien to us, inert and remote despite their nearness.
And his hard-boiled, gritty realism is evident in the opening of the recently published translation of Cicatrices (Scars, trans. Steve Dolph):
There’s this filthy, evil June light coming through the window. I’m leaning over the table, sliding the cue, ready to shoot. The red and the white balls area across the table, near the corner. I have the spot ball. I have to hit it softly so it hits the red ball first, then the white, then the back rail between the red and the white ball.
In addition to Scars, Open Letter Books has also recently published The Sixty-Five Years of Washington, which leaves us with the hope that we will one day be able to strike Saer from the roll of Writers No One Reads.
For more, see this appreciation in The Nation or this obituary published in the Guardian.
[Image via]](http://24.media.tumblr.com/tumblr_m3xvgx3SbG1qf0717o1_500.jpg)










